MCA (1964-2012)



Lejos de poder traer a colación algún recuerdo de fanatismo durante mi adolescencia, o marcar algún tipo de identificación de rebeldía que tuviera con alguno de ellos, los Beastie Boys me marcaron ciertamente hace unos pocos años y en un plano estrictamente musical, no tanto en lo que refiere al sonido sino en la manera en que lo podemos apreciar.

Seguramente hace 2 o 3 años publiqué en La Lectora Provisoria este texto sobre Paul's Boutique de Beastie Boys y Fear of a Black Planet de Public Enemy. Si lo hice en ese blog, de público en su mayoría ajeno al género, fue simplemente por un ingenuo -pero genuino- interés por el choque cultural que pudiera producirse, con más intenciones de mostrar al Hip-Hop como un producto de acceso universal y amistoso que de causar discordia o reacciones hostiles. Lo cual no quita que el hobbie fuera, al principio, de la mano de ciertas fijaciones personales propias de los terremotos sociales en los que quería acomodar mi personalidad de adolescente: el rechazo progresivo que tuve por un círculo de amistades y minas en el que me movía cicatrizó en un desdén hacia poses y gustos musicales muy presentes en los chicos de mi ciudad, juventud rabiosa y liberal con algunas notas rednecks de subestimar la música de los suburbios nacionales y extranjeros, estimando por adelantado que, pongámosle, Pez o Manu Chao hacen canciones con significados y referencias más profundos que los de cualquier artista de Hip-Hop, o Cumbia. Y no es que tal sentimiento me haya surgido espontáneamente por despecho, como tampoco que nunca hubiera minimizado al Hip-Hop, o particularmente a los Beastie Boys alguna vez: fui contemporáneo (y tenía televisión por cable) cuando rotaban los videos de Body Movin', Intergalactic y, unos años después, Ch-Check It Out. Si bien los videos eran geniales y los beats pegadizos, ellos me parecían básicamente payasos, y tanto a los 8 como a los 14 años estaba lejos de llegar a absorber todas sus características notables, como también de poder construir un imaginario de sus carreras habiendo visto, a lo sumo, videos de (You Gotta) Fight For Your Right (To Party), o Hey Ladies, sin saber de qué años databan, o qué había en el medio de todo eso. Los Beastie Boys presentaban esa especie de fachada que naturalmente uno se armaba de los Beach Boys, y que iba derribando cuando separaba las nociones de Super Ratones y Beach Boys, conocía la historia de Brian Wilson, escuchaba los discos famosos, etc.

En 2009 tenía una gran dificultad para volver sobre bandas de Rock clásico que había compartido antes con una chica, y me volcaba promiscuamente menos sobre chicas nuevas que sobre discos de cualquier género, que llenaran un vacío que por supuesto es más dañino que el sexual, o el amoroso. Paul's Boutique, como la discografía de los Beastie Boys y las vidas individuales de sus integrantes, son lecciones sobre el goce ilimitado de cargar en una valija cósmica las influencias positivas que uno pueda tomar de cualquier origen, mientras nos ayuden a sortear obstáculos en el camino. La lección de eclecticismo cultural de los Beastie Boys es bidireccional; enseñaron a una etnia a dejar de mirar de reojo las influencias de la otra, menos como embajadores políticos que como curadores rebeldes de lo cool en diversos orígenes. Los sampleos y rimas que ingresan clandestinamente a los beats son muestras gratuitas del caleidoscopio sonoro en que el Indie está inmerso, y tras esos signos crípticos que no se revelan sino después de varias escuchas, averiguación de canciones y traducción de letras subyace un mensaje tan simple como el de un coro cristiano juvenil. Yauch fue el cerebro conceptual de esa idea propia de Claudio María Domínguez, servida en bandeja en el hit del primer disco y escondida bajo vinilos gastados al siguiente. Paul's Boutique me empuja a escribir este obituario, tras el cual me doy cuenta de que probablemente seguí ese mensaje, y hoy soy más feliz.

Linux y yo, un año después: viudas e hijas de GNOME 2



Mientras escribo esto se están dando las últimas charlas del FLISoL 2012 en Mar del Plata, el evento latinoamericano que por estas zonas se encarga de organizar gulBAC. Tenía pensado ir, como el año pasado, pero me llamaron ayer para trabajar por el fin de semana largo (conserje nocturno de hotel), desperté hace un rato y no vale la pena apurarse para cubrir sin la información necesaria lo que está sucediendo desde la mañana. Más allá de esa omisión quiero seguir con el ritmo anual en la crónica de mi relación con Linux, un poco para compartir las experiencias con los varios linuxeros que descubrí, por ejemplo, entre mis seguidores de Twitter (muchos se deschavaron con la salida de Ubuntu 12.04, el jueves pasado), y también para intentar describir la velocidad con que se expande el software libre, y cómo quedamos parados los que, por falta de recursos o sedentarismo digital, no podemos seguirle el ritmo.

A esta altura es imposible que considere una vuelta a Windows: me encuentro completamente acostumbrado al manejo de archivos, uso de programas y diseño personalizado que ofrece mi distribución actual (Linux Mint 11, derivada de Ubuntu 11.04), y la arquitectura de seguridad, que le permite al usuario navegar sin necesidad alguna de antivirus o programas similares, me quita cualquier preocupación a la hora de navegar - siempre por lugares de confianza-, o sobre todo cuando mi madre se dispone a ver los Power Point y demás huevadas que se envía con amigas, sin considerar mucho lo que le pueden hacer a la máquina. Mamá también se acostumbró rápido a la interfaz, que siempre intento sea lo más parecida a lo que teníamos cuando usábamos Windows XP.

Pero si tengo que contar lo que es usar Linux, como si estuviéramos hablando de desahogo, es porque durante este año me la pasé, supongo que junto a otros cientos de miles de personas, buscando una comodidad de trabajo y uso muy difícil de alcanzar si uno no puede, o no quiere, arremangarse y programar exactamente lo que necesita. Algunas nociones básicas pueden explicarse tarde, e intenté por todos los medios evitar los saltos de fechas, la superposición de cifras y la ramificación excesiva de datos en lo que estoy por contarles, pero en algunos tramos el asunto fue y es así de retorcido.

Febrero/marzo de 2011. Cuando arranqué definitivamente a usar Linux lo hice desde Ubuntu 10.10 (para no marearse con las fechas de lanzamiento pueden ubicarse temporalmente con la nomenclatura de las versiones: "año.mes"). Esta edición, que ya no tiene soporte de seguridad, incluía un software lo más actualizado posible a la fecha, había ampliado abismalmente la configuración gráfica de sus componentes respecto a versiones anteriores (los cuadros que permiten habilitar o deshabilitar funciones cliqueando botones en vez de escribiendo comandos en una terminal) y sobre todo venía acompañado por un diseño consolidado de sus gestores de escritorio y ventanas. El entorno de escritorio GNOME, en su versión 2 (que estoy usando ahora mismo, según la foto que ilustra el post), presenta al primer arranque de sistema dos barras "de inicio" -una arriba, otra abajo- similares a las que conocemos de XP, con la diferencia radical de que podemos hacer lo que queramos con ellas: cambiarles el tamaño, borrarlas, sumar otras a los costados de la pantalla, agregarles o quitarles botones, accesos directos, widgets con distintas funciones. Compiz y Metacity, mientras tanto, eran las opciones de gestores de ventanas, con más o menos efectos y opciones para personalizar el comportamiento de estas, y por ende un mayor o menor gasto de recursos de la máquina. El exiliado de Windows llegaba a una interfaz reconocible, y se le ofrecían medios amables para modificarla. 

Abril 2011. Para su siguiente edición Ubuntu presentó Unity, un entorno de escritorio que venía probando en una versión para netbooks. Y para no tener que explicarlo con palabras: si al arrancar la máquina Ubuntu 10.10 mostraba este escritorio, Ubuntu 11.04 mostraba uno como este. La barra inferior desapareció, la de arriba no podía modificarse en ninguno de los aspectos que GNOME 2 permitía, y la columna con accesos directos de la izquierda permitía una personalización mínima que no todos los usuarios podían realizar. La frutilla del postre era la manera propuesta de abrir programas, carpetas y archivos que no estuvieran en los accesos directos, un paradigma que increíblemente algunos usuarios defienden como un avance: cliqueando sobre el ícono de Ubuntu, arriba a la izquierda, surge un menú que cubre toda la pantalla, y en el cual hay que escribir el nombre del programa en un cuadro de texto, o buscarlo entre todos los íconos. El cambio de ventanas de un mismo programa con Unity también requiere comerse otra pantalla: si yo tengo dos ventanas abiertas del Firefox, y quiero pasar de una a otra, tengo que cliquear a la izquierda del ícono de Firefox en la barra de programas, y otro menú me cubre toda la pantalla mostrándome esas ventanas. Y ahí puedo seleccionar.

Ubuntu -o Canonical, la empresa sudafricana que lo desarrolla- incluyó GNOME 2 como alternativa a Unity en la edición 11.04, pero anunció que no lo haría más, desde la 11.10. Y a GNOME, por su parte, se le ocurrió terminar con el mantenimiento de la versión 2, para enfocar todos sus esfuerzos en la 3, repleta de caprichos de diseño similares a los de Unity.

¿Pero cuál es el problema? (Y de qué estamos hablando, de paso). En listas de correo, foros, blogs y redes sociales los usuarios se debaten entre qué caminos tomar para seguir operando sobre interfaces parecidas: uno no puede seguir usando un entorno vencido porque los programas dejarían de funcionar correctamente con ellos, y los desarrolladores de software libre, usualmente laburando ad honorem, no pueden maquillar un programa para todos los entornos y distribuciones disponibles. La licencia permisiva de la gran mayoría de proyectos en Linux permite cualquier combinación de distribuciones con entornos. Linux es, en sí mismo, un kernel, un núcleo, materia prima: las distribuciones son los sistemas operativos, el producto que no es final porque puede ser modificado y redistribuido. Algunos, entonces, deciden cambiar de distribución (derivados de Ubuntu, Fedora, Debian, openSUSE, Arch Linux, enorme etcétera), y otros cambian de entorno dentro de la misma distribución: le instalan KDE, LXDE, Xfce u otro gran etcétera a Ubuntu. Y casi de la nada, una distribución derivada de Ubuntu, reconocida pero con un nicho mucho menor de usuarios asoma con una decisión importante: Linux Mint 11, con soporte de seguridad hasta octubre de este año, sale únicamente con GNOME 2.

Octubre 2011. De nada servía mudarse a una versión algo más pulida de Unity en Ubuntu 11.10, o a los sensatos pero incompletos parches que Linux Mint 12 aplicaba sobre GNOME 3. Aparece en escena MATE, entrañable esfuerzo nacional equivalente a un mantenimiento oficial de GNOME 2, que avanza contra la corriente hacia una estabilidad por ahora utópica a largo plazo.

Hacia diciembre el francés Clement Lefebvre, fundador de Mint, lanza Cinnamon, un intento más acertado de domestizar GNOME 3 que está camino a ser el escritorio por defecto en la versión 13. Desde el respaldo a GNOME 2, además, comenzó a posicionar a Mint como una distribución atenta y respetuosa por las necesidades de sus usuarios: el sistema ya era reconocido por encargarse de asuntos sensibles para Ubuntu y otras distribuciones, como los códecs de audio y video (que trae pre-instalados) y la compatibilidad del software con las versiones de las distribuciones (con un gestor de actualizaciones que sugiere qué saltos de versiones realizar). Si tal cuota de sensatez resultaba extraña en esta historia, el blog inglés OMG! Ubuntu se despachó con críticas a la idea inclusiva de Mint, desmintió de manera agresiva que la distribución le hubiera quitado el primer lugar en popularidad linuxera a Ubuntu e instaló una polémica absurda sobre la configuración en un programa de audio (permitida por la licencia) que le remitía unos pocos dólares mensuales a Mint de la compra de canciones en Amazon.

Abril 2012 y más allá. Ubuntu 12.04 presentó la mejor versión de Unity hasta la fecha. Desde la raíz su diseño sigue entorpeciendo el uso simultáneo de varios programas, pero las vías para personalizarlo crecieron notablemente: MyUnity, Ubuntu Tweak, Unsettings y scripts como este mejoran en gran manera la experiencia. Trajo, además, un modo clásico de GNOME que es prácticamente el regreso de la versión 2 (bien pensado para un sistema operativo que tendrá soporte por 5 años), pero que por ahora abunda en baches, presentes desde hace meses pero nunca solucionados en la urgencia de pulir otros aspectos para la fecha de lanzamiento. GNOME 3.4 sería prácticamente desechable si no fuera por las extensiones que los usuarios mismos desarrollaron. Linux Mint editó su versión basada en Debian, que salió con Cinnamon y MATE actualizados, dejando muy buenas impresiones sobre ambos entornos y encuestando a sus usuarios de cara a la llegada de la versión principal, a fines de este mes. Otras distribuciones hicieron su propia remix de GNOME. Trisquel particularmente se mandó un gran laburo con el escritorio, pero su intransigencia respecto a incluir solamente software con cada línea de código libre me impide instalar algunas piezas fundamentales, y me disuadió de dejarla instalada.

Me compré en febrero una laptop con recursos más que suficientes para dejar arriba del armario a mi vieja amiga de escritorio, pero entre problemas con Wi-Fi y estas vueltas sin fin solamente la desenfundo de vez en cuando para ir viendo el desarrollo de las distribuciones. Parece mentira que ideas tan buenas sean así de complicadas para llevarse a cabo: el linuxero vive pensando, implementando o pidiendo por parches, soluciones a problemas inmediatos lógicos por la enorme variedad de hardware en que se instalan las distribuciones, pero también producto de la atomización en los proyectos y el desinterés que grupos mínimos de usuarios despiertan en las grandes empresas de programas, códecs y drivers. La decisión de Canonical con Unity, totalmente respetable y dentro del marco de libertad en que se ubica Linux, dio pie a una serie de divergencias que en vez de contribuir al crecimiento de las alternativas que surgieron las mostró bastante debilitadas frente a la falta de fondos y tiempo de los programadores. El apoyo económico es evidentemente un factor importantísimo para evitar las demoras y la falta de resolución sobre los problemas que acarrean las distribuciones, y a veces ni siquiera esto asegura un desempeño feliz de los sistemas: de manera paulatina, en los últimos tiempos Google bajó la persiana a la versión linuxera de Picasa, Adobe terminó con el soporte para su producto Air y anunció que su versión de Flash sólo estará disponible para el navegador Chrome, y programas como Skype (ahora a cargo de Microsoft) quedaron en un estado de beta indefinido. Mientras surgen este tipo de problemas las distribuciones se imponen tiempos y metas innecesarias, y quienes quieren voluntariamente solucionar inconvenientes se encuentran sobrepasados con matices, y sin la suficiente colaboración en bases pequeñas y muy diferenciadas de usuarios, según la distribución. Figuras pesadísimas en Linux como Canonical y GNOME están avanzando en sus ideas prácticamente sin oir a los usuarios, demasiado seguros de sí mismos como para considerar a la accesibilidad como un gancho para atraer a más máquinas.

Mal que les pese a los más hardcore, hay que parar la pelota y llegar con tranquilidad a un nuevo escritorio estable, que deje de llamar la atención y se integre silenciosamente al ritmo de producción o huevo que todos pretendemos alcanzar cuando prendemos la máquina. El usuario tiene que llegar de a poco a la autonomía que Linux le ofrece sobre el sistema, sentir que va domando cada vez más aspectos de lo que opera para poder llevarlo a su ideal. Que sea inexperto no significa que pueda ponérsele cualquier cosa enfrente y convencerlo de que así se va a enfocar más en sus cosas.

Así y todo voy a ponerme en el apriete de sugerirles una distribución para empezar. En un ambiente cada vez más repelente a los novatos la postura de Linux Mint no se cansa nunca de ser la correcta. Es la distribución que más cerca se encuentra de estar lista ni bien se instala, arreglar baches surgidos en el crecimiento, ofrecer la mayor cantidad de documentos de ayuda (por su derivación de Ubuntu) y, muy sabiamente, no moverse en ninguna dirección si es peligroso hacerlo. Decenas de veces me mantuve sin tener que realizar actualizaciones para después retrotraerlas, gracias al gestor que les otorga números según su conveniencia. Pueden instalar la versión 11 para disfrutar de los últimos meses del auténtico GNOME 2, y ver si pueden reemplazarlo con MATE, como también empezar a probar Cinnamon en la versión 12: para fines de este mes es muy probable que ambos vengan instalados en la 13, según la encuesta que ofrece Lefebvre. Si quieren quedarse desde el arranque con un solo gestor de escritorio consolidado y similar a GNOME, dentro de una distribución masiva, Xubuntu es el camino.

Daniel Burke: programa en WZRD (1988 aproximadamente)



En el blog de radio WFMU encuentro extractos del programa de una figura reconocida (no exactamente por mí) de la música experimental de Chicago, en el aire de una emisora freeform de la universidad pública de la ciudad. WZRD opera históricamente con fuertes principios de transmisión, como la libertad (probablemente obligatoria) con la que sus DJs exploran géneros musicales, tipos de sonidos y discursos emitidos sin restricciones comerciales o editoriales de ningún tipo, y probablemente con el horario del slot como único límite. Burke claramente aprovecha esta situación para intercalar la lectura de noticias con sonidos ambientales y loops que parecieran integrarse conjuntamente con el entorno lúgubre que rodea a las instalaciones de la radio, según su sitio oficial.

¿Podríamos darnos el lujo de forzar de esta manera los límites del lenguaje radial en el circuito, al menos alternativo o comunitario, de emisoras con planta física y compartida en nuestro país? ¿Hay algún ejemplo actual de programas con esta libertad de movimiento? ¿Se muestran estos caminos en los institutos que forman radioastas? ¿Cuán puro y limpio de periodismo/magazine podría ser lo que emitimos? Ir al primer link de este post para descargar unas 8 horas de, digamos, radio abstracta.

50 discos de 2011: cierre simbólico


El conteo de los mejores discos del año pasado se detuvo abruptamente en el puesto 7 por motivos laborales. Una vez conseguido el descanso considero que lo mejor es esbozar las razones fundamentales por las que elegí los 6 discos que quedaban por mencionar, cerrar el anuario musical y, una vez posteado esto, empezar a hablar de lanzamientos de este año (ya que radio semanal no voy a hacer durante 2012).

6


¿Qué pasó con el imaginario sobre los artistas? ¿Es posible tener alguna especie de fantasía sobre algún músico si estamos continuamente enterados de sus emanaciones? La ingeniosamente nula intervención en redes sociales de algunos músicos es un aspecto clave que quiero desarrollar en el puesto 1. Smoke Ring for My Halo es un disco sobre un Huckleberry Finn de las rutas contemporáneas, un papel que Vile puede ejecutar sobre el escenario (lo dirán mejor quienes lo hayan visto esta semana en Buenos Aires) con la facilidad de rockear con modorra y esconder la mirada con ese pelo hermoso. Las historias en las canciones no se anclan en el presente inmediato y particular, extensión de Twitter que John Darnielle supo pergeñar con anterioridad, si no en añoranzas de un pasado jovial y argumentos trazados desde frases hechas y pequeños actos cotidianos. La ventaja no es tanto imaginarse a un hombre sin reglas que vive en el camino (quizá sí para las chicas), sino más bien poder encontrar esos grandes momentos en nuestras vidas supuestamente ordinarias.

5


La canción del título, bueno, es sobre una mujer que arenga a un profesor a que dé 50 traducciones a la palabra nieve. Soy partidario de que las obras complicadas de inculcar a principiantes deben recomendarse y disfrutarse sin más. La intransigencia de este disco -no es otra cosa que la claridad de Bush sobre a dónde dirigirse- puede ser malinterpretada, como en el caso del último choclazo de Joanna Newsom, como un condicionante para empezar a buscar virtudes más o menos coherentes y distraer la atención de la duración de las canciones, la falta de asco a los silencios, al melodrama y al ensayo interlingüístico. 50 Words For Snow puede disfrutarse desde sus aristas más visibles: la generosidad de estribillos por canción, las Torres Gemelas como cumbres borrascosas contemporáneas para que aparezca Elton John, la posible cuica que marca el patrón en la canción del título. Una canción de 13 minutos tiene todo el derecho a ser pegadiza.

4


Combo extraño el de voz choppeada, saxo tenor y cuerdas en pizzicato para un disco de electrónica que llega a tener momentos bailables. Todo está dispuesto de manera excéntrica para dar luz al monstruo que nos habla en las canciones. A diferencia de la bruja sueca, vieja en la profesión que es Fever Ray, consciente y abogada de su condición, esta discípula urbana parecería estar narrando una historia de adolescencia, de alguien que empieza a divisar todo lo que tendrá que enfrentar al mismo tiempo que reconoce sus limitaciones para tal fin, con el cinismo propio de la edad encarnado en el uso poco ortodoxo que reciben los instrumentos.
3


No hay salvación del Rock, elogio desmedido al virtuosismo ni reivindicación de la juventud: Ty Segall es un pájaro libre y lo más probable es que salgamos lastimados si le ponemos todas las fichas. Lo frontal y concreto de Goodbye Bread, esa falta de humectación en la mano que nos pega la trompada, hace a las canciones atemporales, piezas de la ortodoxia glam producidas como jingles de los '50 en la baja fidelidad impostada de nuestros días. También debería ser un disco que resista el paso del tiempo y los efectos colaterales del palo artístico que Ty podría pegarse en cualquier momento.

2


Hoy todo puede ser objeto de la ironía: criticamos el laburo ajeno por Twitter o una foto romántica en Facebook y cuando nos metemos en la mesa chica o en una relación seria pasamos a ser las víctimas, a la vez que no hay logro o noticia impermeable al chascarrillo cibernético en algún punto. En ese ida y vuelta constante de la destrucción a la construcción en la que nos sumimos cada día, rara vez somos testigos de una muestra del dedo mayor tan sutil, contundente y excelsamente engendrada. Arquear la ceja pensando en el tipo de personas que mencionan las canciones (algunas veces podemos señalarlas, otras veces somos nosotros), mientras sin darnos cuenta nos hundimos en el barro de una rotación momificada de canciones en una AM: bra-vo, señor Dejar.

1


Misterio es el McGuffin con Shabazz Palaces. Misterio de no saber nada de sus miembros cuando ya habían lanzado dos EPs, de no tener la mínima idea sobre los sampleos de las canciones, qué instrumentos se usaron, qué se tocó en estudio y qué se sampleó, qué onda con los títulos de las canciones, qué significan las letras, y sobre todo la magia de que, si bien ya se conocía la identidad de los dos integrantes, nunca tuvimos en las redes sociales un relato constante que los humanice. Son científicos locos, magos, jazzistas, cualquier cosa que uno quiera imaginarse.

El sonido post M.I.A. de Shabazz Palaces y Of Light se dirigió a un terreno propio y nuevo en Black Up. Canciones con cero o dos basamentos que se improvisan en vivo con posibilidades ilimitadas (nuevamente el misterio), fraseo preciso de letras que parecen robadas a un testamento religioso oriental y una producción bielsista que permite, y por favor prueben esto, poner el volumen al máximo y descubrir más sonidos a los costados en vez de aturdirse.

Los mejores discos de Hip-Hop en los últimos tres años tienen en común su capacidad de ser tomados por otro objeto artístico, sin otra necesidad que la mental para pensarlas en otros soportes: si Only Built 4 Cuban Linx... Pt. II podía imaginarse como un musical de Broadway sobre la vida callejera más allá de cualquier ícono vendible, y My Beautiful Dark Twisted Fantasy como una masturbación a la altura estética y discursiva de los bufarras del Saló de Pasolini, Black Up tiene el agregado de no saber decirnos exactamente a dónde nos está transportando, mientras nos lleva en una alfombra persa por el aire.

Últimos Gritos #72





El final del ciclo. Declaré como disco del año a Black Up, de Shabazz Palaces, y ese mismo disco será elegido en el conteo de este blog, que se terminará cuando se pueda. Estoy pasando el verano entre dos laburos: uno es seguir en la radio. De martes a domingos, de 16 a 19 y con varios días de programación alterada por los recitales en la playa, estamos junto a Ignacio Sacchi y Sebastián Duarte con un programa completamente distinto, obviamente adecuado a la época del año, la hora y los compromisos que mencionar, pero relajado y terapéutico para quien escribe.

Ahora que estamos frente a la despedida por tiempo indefinido de este formato, no me queda más que agradecer tanto a los artistas, bloggers y editoras involucrados (cuando pude o debí contactarlos), por la siempre buena predisposición a preguntas y pedidos, a Nacho por la confianza y paciencia de siempre, a Javier, Diego y Fernando por la operación técnica y a Manuel por haber permitido, básicamente, un bloque de música pretenciosa y criterios caprichosos durante dos años. Oyentes nunca sobraron, o eran muy tímidos; el horario siempre fue algo incómodo y no todos se enteraban de estos posts, por más que insistimos bastante en ese punto. Pero puede suponerse que, incluso si hubiera mucha más gente escuchando, el oyente y músico Emiliano (alias Dr. Pepovich), seguiría siendo el fanático número 1 del bloque.

Últimos Gritos #71



Penúltimo balance de 2011, penúltimo episodio de la serie. Hoy sale al aire el último, de hecho.


The Weeknd - What You Need
DJ Quik - Killerdope
Frank Ocean - Lovecrimes
Violeta Castillo - Mi Cárcel
Twin Sister - Gene Ciampi
Tennis - Origins
Planningtorock - Milky Blau
James Ferraro - Adventures in Green Foot Printing
Los Dientes - Verdaderamente Negro
Spaceghostpurrp - Possessed The Intro
Big K.R.I.T. - R4 Theme Song
Kendrick Lamar - Hol'Up
Yin Jerei - Technocumbia

Todos los jueves a las 24 (UTC-3) en Antes que Nada (streaming en directo), con Ignacio Sacchi y Juan Francisco Gacitua. Por Rock & Pop Beach, FM 98.9, Mar del Plata, Argentina.